Sensaciones

Rere una mirada…, els sentiments

Rere la mirada fotogràfica de Damià Coll, les paraules de 70 autors vinculats a Menorca que posen text al paisatge i a la natura delicadament captada per l’artista. Una natura viscuda, silenciosament mirada, admirada.

 

portada275x230-copia

 

Fotografies de racons amagats, de detalls per camins de natura; d’arbres, de rames i de flors, de pedres, del diferents colors del cel i de la mar de Menorca. Aquest llibre respira el goig que causa el paisatge, autèntic sentiment per l’illa.

Potser no n’hi calien de paraules a les fotografies d’en Damià Coll. I ho prova tota la literatura que evoquen per si soles les imatges en boca d’aquests autors. Poesia visual amb poesia moltes vegades. Lletres diverses, textos molt personals gairebé sempre, que manifesten vivències, records i l’emoció d’aquesta natura tan verge encara.

Cada paisatge, cada racó de natura, cada pàgina, és una pàtria per a cadascun dels autors que hi participen. Menorca, quan s’instal·la al cor dels homes…

 

2

 

Damià Coll ens mostra aquesta natura que ho pot tot; fins i tot les pors i les incerteses… Queda palès en aquest llibre… Les paraules es rendeixen a aquests fragments de bellesa fotografiada, captada des de l’ànima. Rere una mirada, un mar de sentiments…

“La més gran declaració d’amor és la que no es fa”, diu la frase de Plató escollida per obrir el llibre. Així, aquesta obra, en conjunt, és un homenatge silenciós a Menorca. Un crit que clama, amb la bellesa expressada en les seves pàgines, la conservació del seu paisatge, per sempre més!

@soniamarcamps

Anuncios
Sensaciones

Reducir listas de espera es lo primero para el sufrimiento emocional

El médico de familia hace una petición para especialista en agosto. Imposible dar hora; queda en lista de espera. Dan cita al cabo de un mes y medio, para mediados de octubre. Pero unos días antes de la cita, llaman para aplazarla a diciembre…

La enfermera que informa se defiende diciendo que no tiene la culpa. ¿Faltan especialistas?

Pedir una cita para especialista no suele hacerse por capricho. A veces, sorprende el bajo nivel de empatía. Pero lo que frustra de verdad es el bajo nivel de diligencia. Porque, por mucho que haya empatía, la empatía con falta de diligencia o capacidad para solucionar las cosas no sirve de nada.

Llama la atención el poder adjudicado sobre el paciente. El sistema sanitario -me dice un amigo- se ha tomado un poder que nos es suyo sobre las personas. El de decidir sobre su salud y su enfermedad (sobre la vida o la muerte) y tratar estos temas tan delicados a veces con unas maneras y una arrogancia que a muchas personas les genera frustración, les deja fuera de juego, cansados de reclamaciones, a punto de tirar la toalla, de que sea lo que Dios quiera… Conozco más de un caso de soledad ante esta situación.

Soy defensora de la protección emocional del paciente, pero parece que muchas veces falla lo esencial, y si falla lo esencial, lo demás no sirve ya casi de nada. Lo primero es no dejar pasar el tiempo para sanar o salvar vidas. La primera forma de reducir el sufrimiento emocional del paciente es acortar las listas de espera y poner a los profesionales necesarios para dar una atención digna del siglo y la sociedad en los que estamos.

 

Si no trenquem el silenci
morirem en el silenci.
Contra la por és la vida
Raimon

Sensaciones

Mujeres creativas

Creo que la mejor mención que puedo hacer a la mujeres en su día internacional es una relectura a lo que considero esencial del libro de Clarissa Pinkola “Mujeres que corren con lobos”; como una invitación a recuperar su espíritu más salvaje o más intuitivo a través de la creatividad y de rodearse de quienes realmente apoyan su arte y esta parte tan esencial de su vida.

“Los amigos que nos aman y contemplan calurosamente nuestra vida creativa son los mejores soles del mundo”. Y puesto que yo también estoy convencida de que la creatividad es la forma más rápida de volver a nuestro instinto femenino, de volver a nuestra mente salvaje, a nuestra voz sabia, a nuestro yo más profundo o más genuino.

“Cualquier persona que no apoye tu arte o tu vida no merece que tú le dediques tiempo. El hecho de estar con personas reales que nos confortan, nos apoyan y ensalzan nuestra creatividad es esencial para la corriente creativa. De lo contrario, nos morimos de frío; se congelan los pensamientos, las esperanzas, las cualidades, escritos, obras teatrales, diseños o danzas”.

Ilustración del libro "Mujeres que corren con lobos",
Ilustración del libro “Mujeres que corren con lobos”,

“Todas podemos encontrar el camino de regreso… Aunque nuestras decisiones erróneas hayan sido la causa de nuestro extravío (en un lugar demasiado alejado de aquello que necesitamos) no hay que perder la esperanza, pues el interior del alma contiene un indicador automático de ruta”.

Y acabo con una idea. Creo que de la intensidad del dolor de una mujer herida sale una inmensa energía para recuperar nuestra parte más salvaje. Cuando más hondo es el dolor, más amplia nuestra capacidad creativa que nos hace regresar a nuestro espíritu salvaje, a nuestra alma, a la voz de nuestra conciencia, y en definitiva, a nosotras mismas.

La capacidad de amar de las mujeres creo que es proporcional a esta capacidad para recuperar su fuerza creativa.

¡Feliz día de la mujer espiritual y salvaje! 🙂

@soniamarcamps

timthumb
Ilustración de Raquel Gu, mujer creativa, a quien admiro, y amiga.

Sensaciones

Sveta, una mirada feliz

Sveta tiene una mirada y una cara de auténtica felicidad. Es una gran violonchelista y madre de dos hijos. Durante cinco años la he visto ir y venir, de un sitio a otro, de un trabajo a otro, de una actividad a otra, con su gran instrumento en la espalda, y de la mano, sus dos niños; tirando de sus dos niños muchas tardes en la gran ciudad donde vive.

sveta

Lo suyo es puro amor por sus hijos y puro amor por la música. Jamás una queja, consagrada como vive a las partituras y su tarea de mamá. Sus muchas horas de ensayos, porque es una artista de nivel y prestigio, las vive con total entrega y felicidad. Está casada, por decirlo de alguna forma, con su gran instrumento de cuerda. Es una mujer feliz. Feliz con los dos niños, que ha criado en condición de mujer separada. Feliz con sus preciosas suites de Bach…

No ha tenido un alto estado de bienestar, aunque ha ido mejorando con el tiempo. La he visto pasar frío algún invierno, durante los meses más duros. Yo misma he presenciado el frío que hacía en su casa una tarde gélida de noviembre. Pero, ella jamás pronunciaba una queja.

Le ha tocado durante una buena temporada hacer recitales en un tanatorio durante la ceremonia de despedida de difuntos; uno y otro día en este ambiente de funeraria. Un trabajo que permite ganar dinero y que ha combinado con sus conciertos de verdadera artista, sola o con otros músicos de cierto prestigio. Mi amiga es una gran violoncelista, e intenta ganarse la vida de artista como puede, moviéndose mucho; en un país donde la cultura está mal pagada, donde los artistas y los músicos están mal pagados. Desprestigiados y desprestigiada su música muchas veces por cómo se remunera.

Pero jamás se ha rendido. Toca gratis si hace falta algún concierto. O toca, a veces, por poco dinero. Y hace grandes conciertos con grandes orquestas. Lo ha ido combinando durante años, y las cosas, poco a poco, han ido mejorando en calidad de vida. Y los niños van creciendo… Ya no requieren de tanta atención ni dan tanto trabajo, aunque sigue entregada a ellos en su condición de madre feliz.

También, con el paso de los años, ha superado anímicamente lo que le supuso la ruptura del matrimonio. Se consagró feliz a los niños y a su carrera como violoncelista. Hoy, contenta como siempre, desde su felicidad, innata o aprendida o trabajada, o de pura observación e inteligencia de lo que es la vida, porque vivir feliz con lo que uno tiene, al fin y al cabo, es pura inteligencia, la forma más alta de inteligencia, me ha dicho todo lo que espera de una relación de pareja.

A partir de aquí, me ha ido describiendo toda su filosofía de vida. Llevo tiempo leyendo manuales de psicología, sobre la felicidad, el conocimiento de los estados de ánimo, el pensamiento positivo, el aquí y ahora, el vivir sin miedos, la autoestima… Sveta me ha soltado en diez minutos todo lo que hay que aprender de la vida… para vivirla. Todo lo que he leído, la esencia de lo que he leído, toda la teoría de los libros que deberíamos poner en práctica, o saber poner en práctica, mejor dicho, me la ha recitado en un plis-plas Sveta, con sus ojos chispeantes, su cara de felicidad absoluta, y como nunca la había visto. Irradiaba vida y ganas de vivir. Me decía: “Hasta ahora, solo he pedido trabajo, trabajo, trabajo, y me han dado trabajo, trabajo y trabajo. Y me he pasado de tanto pedir trabajo, porque he tenido demasiado trabajo”. Se ríe cuando lo cuenta. “He cobrado poco, je, je, pero trabajo no me ha faltado”.

“Todo vendrá…”. Lo dice con tanto convencimiento, que le pregunto cómo lo hace para estar tan convencida de ello. Me pone el símil de su hijo cuando pide algo que le hace mucha ilusión pero es muy caro, y no se lo puedes comprar, pero el niño sabe que algún día lo tendrá. Me maravilla esta comparación. Porque entiendo que igual que una madre da amor incondicional a su hijo, ella se considera digna, merecedora, de ser querida…  de forma incondicional y de tener lo que pide. De corazón, me dice que pide…

Sveta es creyente. Habla de Dios. Pero para ella podría utilizar si quiero el sinónimo de energía o de alguien o algo superior. Todo es amor, me dice. Todo es amor. El amor lo mueve todo. Esta energía es amor. Y ella está totalmente conectada con esto. Me lo confirma al decirme que nunca se siente sola. “Voy por la calle, y no estoy sola; ¿cómo puedo estar sola si la calle está lleno de gente?”. “A veces, quiero estar sola, me dice, pero los niños no me dejan”. Se ríe. “Cuando se van, digo, qué bien, volver a mi chelo”.

Sveta se ha pasado toda su vida ensayando, mejorando su música, disfrutándola. Creando. Creando. Toda una vida consagrada a este instrumento, que adora. Y adora a sus hijos. Es una buena amiga a quien veo a menudo. Pero jamás la había visto tan radiante como hoy. Sveta parece feliz. Porque cualquier cosa que le ocurre es perfecta. No me lo ha dicho. Pero lo sé por cómo se adapta a sus circunstancias y no pierde la felicidad ni la manera de ver y de caminar por el mundo. Vive en colores en esta su gran ciudad que a mí a menudo me parece gris, oscura. Observa el mundo sonriéndole.

Me cuenta también que no se pueden tener malos pensamientos ni anticipar problemas ni cosas malas que nos podrían ocurrir. Porque después ocurre lo que piensas, lo que imaginas tanto que puede ocurrir, dice. Que este tipo de pensamientos hay que frenarlos en seco. Me dice que su madre siempre se lamenta. No es genética de la felicidad, por tanto, lo suyo. Porque yo atribuía a la genética esta maravillosa manera de pensar de Sveta.

Me dice que cada día habla con sus padres por Skipe (sus padres viven en la antigua Unión Soviética, y los ve poquísimo, una vez cada no sé cuantos años; y es más, ellos ni siquiera han visto jamás a sus nietos, a los hijos de Sveta, que es hija única), y que les anima, sobre todo, en sus achaques físicos y por la edad, pues su madre se queja a menudo de dolor. Ella le dice, la medicina han inventado una cosa maravillosa que son las pastillas para el dolor. Y sonríe al decirme que esto es lo que dice a su madre. Y sonríe al contarme que hay que vivir en el ahora. Que nada de quedar en el pasado, que el pasado ya se ha ido, que ya no está. Que hay que vivir en el presente absoluto. Aquí.

Y me señala el segundo que estamos teniendo. Y me dice, sin dar lecciones, sin pretender ni convencerme ni dar lecciones, sin importarle lo que pienso, porque ya sabe que no pienso nada malo de ella (y qué más le daría), que se puede ver incluso la luz del semáforo como algo amable y a lo que poner imaginación, como si te guiñara un ojo o te dijera buenos días, me cuenta.

Sveta consagra y ejemplifica todo lo que yo he extraído y subrayado en mis lecturas.

Sensaciones

Memoria y apariencia

Conozco a una señora mayor que va perdiendo memoria. La conozco del barrio y conozco a su familia, quien me informa de que su estado no es muy bueno. No me atrevo a utilizar la etiqueta de ninguna enfermedad; demencia, alzheimer…

La veo a menudo, casi a diario, bajando a comprar con un carrito y la ayuda de una asistenta. Me saluda por la calle… como si nada; cordial, amable, recta, sin perder un hilo su compostura y con una sonrisa enorme, de mujer alegre, tal como siempre la he visto.

Hoy, desde el otro lado del semáforo, me ha regalado un saludo enorme levantando la mano. Llevaba su bolso agarrado debajo del hombro, como la señora que siempre ha sido. Intentando ser la señora que siempre ha sido, que sigue siendo, a pesar de esta memoria que borra, que va borrando, como el paso del tiempo, todo lo que hemos sido.

Me he imaginado el derrumbe de su alma, a pesar del cuerpo erguido. Su sufrimiento. Quizás, la realidad es más triste que la forma como ella lo padece… No lo sabemos. Quién lo sabe. No sabemos ni si ella es consciente realmente o no de la dimensión de esta pérdida atroz de ella misma, de nosotros mismos.

Esta señora, con todo su nombre precioso de mujer que no puede ser pronunciado en este artículo, de señora, de madre de familia, abuela de no sé cuantos nietos, ahora se derrumba por dentro, sin que se note la fragilidad que hay por debajo de sus cimientos, de sus huesos.

Lo curioso es que queda todavía esta compostura, arraigada en su forma de ser y estar. Como en una lucha interna, más o menos consciente, o cada vez menos consciente… Me pregunto cuánto tiempo más la expresión aguantará el desgaste del sufrimiento, de la desmemoria.

Intento acercarme a ella cuando la veo. Casi tocarla. Decirle sin decírselo: lo sé, te comprendo. Cuando, en realidad, de la misma forma que hace ella, le hablo como si nada ocurriera… como si fuera un jueves corriente y soleado en la calle de Barcelona que compartimos.

Sensaciones, Temas de Salud

Turno de noche

Una mujer con demencia senil ocupa una cama de una planta de hospital.

Se ha hecho de noche y ha cambiado el turno. Los pacientes y acompañantes empiezan a desear el silencio. Necesitan el silencio para el descanso. Es lo más prioritario para ellos después de un día de cama; de otro día de cama.

Una enfermera recorre el pasillo con unos zuecos que hacen ruido. Desde el desvelo de la butaca de acompañante, con los ojos abiertos y los oídos atentos, asalta la extrañeza de por qué esta enfermera utiliza zapatos que hacen ruido en su turno de noche.

La enfermera entra en la habitación compartida de los enfermos con sendos acompañantes, abre la luz bruscamente y espeta que a oscuras no puede hacer su trabajo. Les habla como si fueran las cinco de la tarde. Cambia sueros, revisa bien el estado de todas las cosas. Pero no lo hace con la delicadeza que precisan aquellas horas de la noche del paciente.

Uno de los pacientes se lamenta un poco por el dolor. La enfermera le pregunta que qué le pasa. El paciente dice que le han operado. La enfermera contesta que a todos nos operan alguna vez. Después, observa un brazo enrojecido donde ha llevado la aguja algunos días, lo coge, y al final, suelta: “Vaya feblitis has hecho… Te pondré trombocid, y ya verás qué bien”.

El paciente pide un calmante para descansar. La enfermera da calmantes a unos a lo largo de la noche. A los enfermos que lo piden y a los que no lo piden pero lo tienen pautado. Y pastillas para dormir mejor. Algunos enfermos concilian el sueño a pesar del poco sigilo. Los acompañantes seguimos en vela.

El ruido no cesa, al menos, hasta las dos o las tres de la madrugada. Desde el mostrador de recepción ahora se oye un ruido de paquetes de plástico que se abren sin ningún cuidado. En algún momento se llega a oír una canción a volumen alto desde no se sabe dónde. Y los pasos de las enfermeras, sobre todo, los de la que utiliza calzado poco adecuado.

Cuando por fin reina un rato de silencio, en medio de aquella noche extraña y triste de hospital, se alza la voz de la mujer con demencia senil. Pronuncia una llamada: “¿Momare?; ¿momare?; ¿momare?…”.
Aquella mujer ingresada por algún traumatismo llama a su madre en mitad de la noche. Lo hace con un grito que no es un grito, sino que lo hace diciendo “¿madre?, ¿madre?, ¿madre?” con la confianza de quien sabe que su madre la asistirá en aquella noche perdida.

No se sabe en qué noche se ha despertado la mujer con demencia senil. Si en una noche de niña o en una noche de su vida de adulta, compartiendo hogar con su madre, como se hacía tanto antaño.

“¿Momare, momare, momare?”. El grito de auxilio es estremecedor y tierno a la vez. Me traslada a los recuerdos de mi infancia, de la vida de mis abuelos, de las familias de antaño, en las casas de antaño, auxiliándose, acompañándose unos a otros, al lado unos de otros, en la vida de pueblo, generación a generación, de por vida.

La enfermera con zuecos de los que hacen ruido por los pasillos nocturnos le dice a la mujer con demencia que ahora hay que dormir. La paciente con demencia murmura algunas palabras que nadie entiende, sacadas del contexto de su propia memoria, de su vida, de la intimidad de su hogar.

Le administran un calmante. Pero al cabo de muy poco tiempo, en mitad de la noche, cuando vuelve a reinar un instante de silencio, aquella mujer vuelve a llamar a su madre. Quizás es el dolor lo que la mantiene despierta.

Ningún calmante, seguramente, todavía, puede borrar lo más esencial de nosotros mismos; las emociones más genuinas; nuestra principal memoria o nuestra primera memoria. De lo que somos, queda el pozo de quienes hemos sido.

“Momare, momare, momare…”. Hay algo de esperanza.

Sensaciones

El nuevo modelo sanitario exige pacientes activos y proactivos

El paciente está llamado a ser en estos un sujeto activo en su salud y a la hora de comunicar, preguntar y de entender qué le está pasando. Y también a la hora de reclamar sus derechos, por ejemplo, de información sobre el tiempo de espera o de demora para su prueba diagnóstica. La información está al alcance, porque el nuevo sistema sanitario es un sistema ya menos cerrado, con más canales de información al usuario. El reto del paciente activo no solo está en tener más información sobre su patología, en entenderla, en tratar de recabar toda la información al respecto, sino también en entender el nuevo modelo sanitario y cómo funciona, y conocer estos principios de transparencia y acceso a la información sobre los procesos. Y entender de esta forma que tener una mejor asistencia pasa, seguramente, por preguntar más, entender más, estar al tanto del proceso que sigue el médico o por cambiar de especialista cuando no convence; saber con qué derechos cuenta y conocer, en definitiva, todos los canales que tiene a su disposición para mejorar su asistencia.
@soniamarcamps

Sensaciones

Los sueños de una vida… O una vida a cuestas…

Tiene algo de mi infancia, o de la infancia en general, esta imagen. Me ha recordado cuando, de niña, la bicicleta era un hogar desde donde se pedaleaba ideando todos los sueños de la vida de adulta.

Me lo ha recordado el ruido de las ruedas, y me ha llamado la atención el aplomo y la forma trascendente de transportar lo suyo y a los “suyos”. Como un niño que ha crecido y lleva todos sus sueños a cuestas; como si la vida le hubiera negado la posibilidad de trasladarlos al escenario de una vida de adulto.

Y por elección propia, se diría por su imagen de seguridad. Llevarlo todo como quien lo tiene todo.

(Suposiciones…)

escritorio

Sensaciones

Muertes sin previo aviso

Apenas somos nada, si pienso en cómo la muerte nos puede venir en cuestión de segundos. Todas la trascendencia de nuestro pequeño día a día, fulminada en segundos, sin ni siquiera haber tenido tiempo de tomar consciencia de que no nos quedan más minutos de vida.

Lo pienso si miro las vidas acabadas en segundos de la gente de este vuelo. Imaginando pensamientos de rutina en el avión, sus preocupaciones rutinarias, sus lecturas rutinarias, sus últimos proyectos revisados, quizás, en la pantalla del ordenador antes del fatal descenso.

Conmueve pensar en todo lo que dejaron en tierra sin ser conscientes de que lo dejaban; sin pronunciar sus últimas palabras, sin echar un vistazo consciente de la vida que se les escapaba en cuestión de segundos… Sin previo aviso.

Imagino que se les concede cinco minutos más de vida a todos ellos, en una especie de sueño. Para despedirse de sus seres queridos. Para hacer un repaso a lo bueno de sus vidas, al menos. Para dar las gracias por todo lo vivido. Para lanzar un deseo de amor y protección para sus hijos. Por lo menos… Todo esto había, seguramente, en los corazones de los pasajeros de este de Germanwings caído.

Sensaciones

El cuerpo nos habla más, a veces, que el corazón

Hay un signo certero de que te han hecho daño, y es la contractura en las cervicales, como el puñal en la espalda. Cuando menos lo esperas, de quien menos lo esperas, de alguien que es muy importante.

El corazón ha aprendido a blindarse con los años de estos ataques inesperados. O es que está ciego, absorto por los sentimientos, por lo que nos gustaría que fuera. Quizás, en verdad, es un corazón que ya no ve. Y el golpe lo atraviesa y no se inmuta, o no quiere inmutarse. Pero nos resentimos por la espalda, a la altura de las cervicales. Y ya no queda más remedio que escuchar.

El cuerpo, a veces, habla más que el corazón. Y cuando habla, nos obliga a hacerle caso. El dolor viene cargado de razón: nos han hecho daño. Entonces, sabemos que solo cabe una respuesta, que es el adiós. Y que el tiempo es la única forma de curarse. Más blindaje para el corazón.

Sensaciones

Tanto optimismo me hace dudar

Somos emociones. Somos lo que sentimos. Lo bueno y lo malo. Todas las emociones, positivas o negativas, tienen un lado bueno y necesario como seres humanos. Negar o esconder las negativas, o borrarlas, en esta carrera hacia el optimismo en el que estamos inmersos, donde nos ha metido al final el márqueting, por todo lo que vende el optimismo, me parece cada vez más superficial, artificial. Es no tener ni idea de lo que somos como seres humanos.

No pienso sucumbir a esta exigencia sin pies ni cabeza, no pensada ni reflexionada a fondo, que abrazamos dando por buenos mensajes por su aparente bondad. Pues claro que podría ser feliz, deshumanizada, las 24 horas del día. Pero no como persona, sino como cualquier otra cosa. Porque la realidad de la vida implica también estar triste y entristecerse, o sentir nostalgia, o tener días buenos y malos, y ver con este sentimiento lo que pasa en la vida y en nuestro entorno.

No quiero autoexigirme ser feliz cada uno de los momentos del día. Quiero una vida normal, natural, no vivir dirigida a golpe de mensajes de márqueting; una vida con todo lo bueno y lo malo; para vivirlo, para experimentarlo, para sacar provecho de todo cuanto forma parte del proceso de vivir. Y porque quiero sentir. Quiero pararme a sentir la tristeza, o el miedo, y aprender de ellos, o escribir o leer o indagar a partir de esto. Y conocer hasta el fondo todos sus mensaje.

Aprender a detectar y gestionar mis emociones, sí, para sufrir lo mínimo o lo justo y necesario en función de la situación. Pero no negar el derecho a sentir todo lo que sentimos. Quiero todas las emociones, las heredadas, las aprendidas, las evolucionadas. Porque forman parte de mí y de mi historia y hasta de la historia de mis antepasados. Y ha dado verdaderos frutos en todas las artes, en todas las ciencias. Y nos hace ser vulnerables. Y con ello, quizás, algo más solidarios.

Escribo estas frases tras leer en un anuncio el montaje “sínoviembre” en lugar de noviembre. Y decido que quiero toda la melancolía de otoño, por todo lo que tiene de necesaria, por todo cuanto me hace recordar, pensar, reflexionar… en quién fui, de donde vengo y quién soy. Porque la melancolía en sintonía con el tiempo de otoño me hace estar más despierta ante todo lo que me rodea, me hace anhelar lo realmente importante, apreciar el canto de un pájaro, el cielo gris de lluvia, la fuerza de la naturaleza que nos pone límites…

Me para los pies, me hace ser más humilde, o me enseña a mirar la vida desde todos los prismas. Me enseña hasta donde llego como ser humano. Y a partir de aquí, este canto a la libertad de sentir, tener, abrazar todas mis emociones. Todas y cada una de ellas. Por cuanto me aportan, una por una.

Sensaciones

Paro, salud mental y el estigma fácil

Señalar un trastorno mental como culpable de unos hechos graves como los sucedidos este viernes en la sede del Partido Popular es estigmatizar sin piedad, a mi modo de ver. Señalar rápidamente de igual forma en una noticia o titular, y casi de soslayo, el paro como desencadenante, además, de tales hechos, es no querer profundizar, a mi entender, en un problema grave y real de este país y que nos incumbe a todos. Estoy hablando del desamparo, la pobreza y la miseria en la que a muchos ha dejado esta crisis, donde muchas personas se ven incapaces ya de salir adelante.

Lo primero pide un análisis con calma y sensibilidad, Y lo otro, exigir soluciones de urgencia.

No justifico para nada lo sucedido. Pero de ahí a sacarnos el problema de encima diciendo que tenía problemas de salud mental… Y aquí hago un inciso citando a FEAFES en su comunicado, cuando recuerda que los diagnósticos de salud son confidenciales y están “especialmente protegidos” por la Ley de Protección de Datos.

Tenemos un problema real, que es la situación de parados y de personas y familias sin posibilidad ni recursos para salir adelante, que se ven abocadas al suicidio o a hechos desesperados.

La culpa de lo sucedido el viernes no es un trastorno mental (un trastorno mental nunca es culpable de nada; una persona con trastorno mental nunca es culpable de nada). Y si hay algo digno de analizar con calma es este contexto de miseria y de situaciones sin salidas que puede desencadenar, acentuar o propiciar lo demás.

Quiero desde aquí, con este artículo, señalar esto bien con el dedo. Y denunciar, de paso, el estigma cruel del trato de esta noticia, para quien quiera hacer una interpretación a fondo.

El estigma deja al enfermo mental en un estado absoluto de culpa, de soledad absoluta ante ésta y con lo que le ocurre (enfermedad); en un estado de sufrimiento absoluto. ¡Menos estigma y más inteligencia!

@soniamarcamps

Sensaciones

No quiero lotería, quiero un país con recursos

Hace tiempo que no enciendo la televisión para ver su programación, así que no estoy al tanto de los anuncios. Un tuit me ha generado curiosidad por saber realmente de qué iba el anuncio de Loteria de Navidad de este año, y he alucinado.

El mensaje que me ha llegado es que, para algunos, es más fácil que les toque el Gordo que encontrar trabajo o recursos. Pero, lo peor, es esta especie de resignación con lo que hay, a la que parece que nos invita el anuncio. A la aceptación, en definitiva, de que en este país las cosas realmente están muy mal para muchos, y que el último recurso que nos queda es comprar lotería. Con lo improbable que es, encima, que te toque el Gordo.

Así que, comparto (literalmente) el tuit que me ha despertado este interés por conocer el anuncio:  Anuncio TV Lotería Navidad. Técnicas marketing dirigidas a gente sin recursos por culpa de la crisis manipulable emocionalmente. No me gusta.”

Y la verdad, preferiría no haber visto el anuncio, porque me ha entrado una especie de sensación de hastío por la capacidad que tenemos de aceptar todo lo que nos echan desde la caja tonta. Y encima, he leído en la prensa que es emocionante. En fin…

Lo mejor del anuncio, sinceramente, las parodias que después he visto, con las que me he reído a carcajadas. Destaco la parodia en concreto del programa El Intermedio. Porque realmente, acabarlo con el consuelo del regalo de una piruleta es quizás una buena metáfora de cómo muchos se pueden sentir tratados en este anuncio.

No compraré Lotería, señores, si no que seguiré apostando por un país que dé recursos y oportunidades para salir adelante a la gente que tiene ganas de trabajar o las ayudas necesarias a quien las precise. Yo no me resigno a esto tan lamentable.

Los artífices del anuncio han querido, para llegar a la emoción, reflejar tanto la cara de tristeza y agonía de una persona normal y corriente, con lo que muchos se pueden sentir identificados, que parece que no se han dado cuenta de que utilizando este recurso, a la vez, hacían un retrato fiel de una cruda y triste realidad de este país.

Vuelvo a mi apagón televisivo.

Sensaciones

Felicidad en la empresa y compromiso personal

(“Hoy, la división de las clases sociales no es entre clase baja y clase alta; en medio está la clase ansiosa, angustiada; creo que la clase angustiada cada vez crece más”. Victoria Camps)

Seguramente, el gran reto que hoy tienen las empresas es dar herramientas a sus empleados que les permitan combatir su incertidumbre personal y profesional, y centradas en sus ansias de felicidad en la vida y en el trabajo.

Empleados en sintonía con una nuevo espíritu laboral, que sepan automotivarse, conscientes de que la felicidad, también trabajando, es un acto de responsabilidad con ellos mismos y con su entorno.

Herramientas que apunten a gente capaz de manejar mejor la incertidumbre, más consciente de su responsabilidad personal y en solfa con una nueva filosofía laboral, que busca no ya la competitividad sino la cooperación y mejorar las relaciones personales/laborales (Las relaciones HUMANAS).

Vuelvo a dar vueltas estos días en torno a la la felicidad en la empresa. Y me pregunto si no estaría bien sobre todo apuntar a la responsabilidad personal que todos tenemos individualmente, como personas o como trabajadores, siendo felices, sin perder de vista que con nuestro grano de arena podemos contribuir a hacer nuestro mundo, o nuestro entorno, o nuestro microentorno laboral, un poco mejor. 

Quizás, es esta la idea de la que hay que partir para un taller de felicidad en la empresa; quizás, desde la organización empresarial, que no lo sé. Porque ser feliz trabajando, seguramente, se aprende. Y también requiere experiencia. 

Quien haya tenido la suerte de poner en marcha sus proyectos trabajando realmente en lo que es feliz sabe perfectamente que esto equivale a trabajar con el corazón. No siempre es posible. Y esto es algo que no tenemos que perder de vista. Pero sí es posible trabajar, al menos, en algo que más o menos nos gusta; en algo que, sobre todo, no nos aborrezca, porque aquí, creo, sí que no hay posibilidad de felicidad en la empresa, ni posibilidad de automotivación, ni posibilidad de reinventarse cada día como persona, como trabajador, ni en nada de nada. 

Creo que entre trabajar en lo que nos apasiona (a lo que siempre podemos dedicar de forma independiente unas horas al día) y trabajar en algo que nos hace sumamente infelices hay un término medio; un trabajo que más o menos nos satisfaga y al que también podamos ponerle alguna dosis de pasión y hacerlo desde el corazón, esto es, con un poco de amor y con ganas de hacer realmente las cosas bien y que sirvan. 

Decía antes lo de la experiencia porque yo misma he comprobado con el paso de los años que nos es lo mismo trabajar por rutina que trabajar siendo conscientes de lo que estamos haciendo, buscando la excelencia y tratando de buscarle un sentido real a la acción laboral que estamos haciendo en cada momento. Esto es un aprendizaje de vida que sirve, y de mucho, para ser felices trabajando. 

Y no creo que haya dicho nada nuevo sobre la felicidad en la empresa, la felicidad trabajando, la felicidad en la vida. 

Estima el teu ofici,
la teva vocació,
la teva estrella,
allò pel que serveixes,
allò en que realment,
ets un entre els homes, 
esforçat en el teu quefer
com si de cada detall que penses, 
de cada paraula que dius,
de cada peça que poses, 
de cada cop de martell que dones,
en depengués la salvació de la humanitat.
Perquè en depén, creu-me.
Si oblidan-te de tu mateix
fas tot el que pots en el teu treball,
fas més que un emperador que regeix
automàticament els seus estats;
fas més que el que inventa teories universals
només per satisfer la seva vanitat,
fas més que el polític, que l’ agitador,
que el que governa.
Pots desdenyar tot això
i l’ adobament del món.
El món s’ adobaria bé tot sol,
només que cadascí
fes el seu deure amb amor,
a casa seva.
 
Elogi del viure
Joan Maragall 
Sensaciones

Las divisiones del mundo

Por la playa de Barcelona, transitando junto, por lo menos, a unas cuatro mil personas más, oígo un mensaje de megafonía informando del cierre de vigilancia en la zona de baño: “Se informa a los usuarios y usuarias”. ¿Usuarios y usuarias? Y claro, tenía que elegir en qué grupo me identificaba más, je, je… y la verdad, en ninguno de los dos.

Que entre aquellas cuatro mil personas se establecieran dos grupos por categoría hombre/mujer me pareció en aquel momento totalmente absurdo. Debe ser porque me siento plenamente identificada (o nada, muchas veces) dentro del grupo de usuarios, sinónimo, de todo el mundo. Tanto, seguramente, como dentro de un mundo que ha hecho la división entre hombres y mujeres, porque, por mucho que sea mujer, también soy persona y parte de este todo el mundo en el que también están los hombres, y soy cuarenta mil cosas más.

En fin, que me parece una tontería cuando empezamos con estas divisiones por conceptos blanco o negro. Y después, está la manía ésta que tenemos de dividir el mundo entre los buenos y los malos; los de aquí y los de allá. Cuando como personas somos tantas y tantas cosas a la vez…

Quien no se quiera sentir excluído de un mensaje de megafonía del Ayuntamiento de Barcelona que pida, a lo mejor, que digan su nombre entero. Porque si no, yo me adapto a lo que sea, y ni siquiera lo veo como una discriminación hacia el sexo mío femenino. Sino que pienso que, desde toda la vida, están las personas, y éstas personas, en la lengua en la que ahora escribo, muchas veces, se identifican utilizando sinónimos acabados con “o” que se confunden con el género masculino. Es que si no, la verdad, es no acabar; los perros y las perras; los gatos y las gatas…

Y ahora, puede que alguien piense que esto que escribo es machista. Y hasta tendría que justificarme, cuando que se utilice la forma “usuarios y usuarias” me resbala, porque lo veo puramente política. Y de la política me interesa que se resuelvan los problemas de verdad. Y desde luego, no la necesito cuando sencillamente estoy para contemplar tranquilamente el mar… y la mar…

la foto
@soniamarcamps
Sensaciones

Mindfulness; ganarnos el bienestar segundo a segundo

Mindfulness, aun siendo poco original, porque es la ‘palabra’ en el mundo de las terapias alternativas. Se refiere al estado mental que surge al prestar atención al momento presente de forma intencionada, cuando nos centramos solo en el momento que vivimos, en la experiencia de este instante.

Leí hace poco el libro de Vidyamala Burch Vivir bien con el dolor y la enfermedad, publicado por Editorial Kairós, y me encantó, porque a través del mindfulness ofrece herramientas para calmar los estados de dolor y sufrimiento, físico y emocional, de los pacientes crónicos.

“El miedo a que no pudiese llegar hasta mañana se disolvió cuando entendí que solo tenía que vivir cada momento, que siempre tenía acceso al momento presente y que el único modo verdadero y sostenible de estar completamente vivo consiste en permanecer abierto a todos los momentos de la vida, no solo a aquellos que me gustan”. (Extracto del libro ‘Vivir bien con el dolor y la enfermedad. Mindfulness para liberarte del sufrimiento’, de Vidyamala Burch).

Mindfulness, que también se puede aplicar a la gestión de las emociones para mejorar nuestra comunicación, y por tanto, a las relaciones que establecemos con los demás. Una idea que he ido desarrollando junto a miembros del equipo el Emotional y que ha dado forma a la estructura de un taller de comunicación con inteligencia emocional.

Con mindfulness y respirando el momento, el estado o la emoción que sentimos, siendo plenamente conscientes de ella y de su capacidad de desencadenar una reacción no deseada, podemos mejorar, y mucho, la forma que tenemos de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás. O, al menos, entenderla, entendernos.

Mindfulness es adquirir un compromiso con el momento que estamos viviendo. Es dejarse ir por la magnífica sensación de respirar un instante, de sentirlo nuestro, siendo plenamente conscientes de que lo estamos viviendo. Poniendo toda la atención en una intención: estar bien. Ni que sea solo por un segundo. Y así, sucesivamente, otro segundo, y otro segundo… Hasta llegar, si podemos, a cinco o diez minutos, seguramente, suficientes para un rato diario de paz o de calma interior.

Mindfulness es preocuparse únicamente de estar en el momento que sucede. Respirar este instante, sintiéndonos plenamente vivos y poniendo en práctica, segundo a segundo, este estado de bienestar con nosotros mismos. Donde no hay juez, ni culpa, ni problemas, ni miedos, ni fracasos; un momento en el que eliminamos todos los pensamientos que enturbiarían este preciso momento de tranquilidad. Y no tener que preocuparse, si quiera, de si lo conseguiremos en el segundo posterior.

Porque mindfulness tiene el objetivo de experimentar esta sensación por un segundo, por un minuto, valioso en sí mismo, y seguir hasta que sea posible, repitiendo, segundo a segundo, minuto a minuto, esta forma de sentir plenamente la vida y estar bien con nosotros mismos.

Con mindfulness podemos recuperar nuestra esencia. Y podemos llegar a ser más objetivos a la hora de analizarnos; lejos, precisamente, de nuestro mundo interior, en el que muchas veces nos falta perspectiva. Bienvenida esta técnica del bienestar minuto a minuto. Y aunque lo consigamos un minuto…

Un minuto de bienestar, más que suficiente para reencontrarnos con nosotros mismos. Para, después, tener la capacidad de recordarlo. De saber que podemos volver siempre que queramos allí donde nos sentimos como lo que realmente somos. Y, quizás, con la práctica, ir aprendiendo a coger las riendas de nuestras emociones.

Punto de vista, Reflexiones, Sensaciones

¿Somos demasiado exigentes con el cerebro?

Nunca he entendido por qué se estigmatiza de forma tan brutal en la vida cotidiana la enfermedad mental, que para mí, es una forma de hacer culpable al paciente de lo que le ocurre; de la manera de funcionar de su cerebro, de la genética, de su química particular, por decirlo de alguna manera (me fallan los conocimientos en neurología para poder dar más precisión científica a este texto).

Así que, como primer paso en contra de la estigmatización de la enfermedad mental, hago un confieso “yo también, en parte, tengo algún trastorno” (todos lo tenemos). Y porque creo que se requiere mucha valentía personal y un buen trabajo de aceptación, desde luego, para luchar contra este tabú, que aísla, que deja solo al paciente, en la absoluta soledad, incluso consigo mismo.

Leyendo estos días, además, diversos libros sobre inteligencia emocional, emociones y el poder que tienen de influir de forma automática en nuestro cerebro y en nuestra conducta, tantas veces sin que podamos controlar este proceso, considero un error culparnos continuamente por actitudes o acciones que realmente se nos han escapado de las manos. Las emociones disparan una forma automática de funcionar que muchas veces corresponde a cómo siempre hemos actuado, y poco podemos hacer al respecto, de momento, y sin ser plenamente conscientes de ello.

Así que, lo primero, lo que considero fundamental, es tener menos sentimiento de culpa y sí admitir que estamos dominados por estos estados de ánimo que desencadenan todo un mecanismo neurológico a partir de una sensación, un recuerdo; como si la memoria disparara todos nuestros miedos, frustraciones, acciones defensivas que hemos ido acumulando a lo largo de nuestra vida… Detectarlo, posiblemente, es el primer paso para cambiarlo. Sabiendo que será un proceso lento. Porque, desde luego, sí creo en la plasticidad del cerebro.  

Se trataría de ir trabajando estos cambios, pero a la vez, sabiendo que se necesita tiempo para nuevas rutinas, y que no es fácil, porque llevamos toda una vida funcionando de una determinada manera y con este piloto automático que dispara reacciones. Admitiendo que el cerebro tiene su propio mecanismo interno y que es difícil modificar, y que con paciencia, voluntad y menos carga de culpabilidad, podemos ir cambiando despacio cosas de nosotros mismos y de conductas que no nos gustan o tanto nos perjudican.

Otra cosa es pretender que la gente de nuestro entorno entienda por qué funcionamos de una determinada manera y las razones de nuestra conducta, reacciones o respuestas. Así que, quizás, es mejor no pretender que nos entiendan del todo y ser más benevolentes también con la falta de comprensión que obtenemos en determinados momentos de los demás.

Volviendo al tema de enfermedades o trastornos mentales, creo, sinceramente, que de una vez, hay que mirarlo como algo que supera al propio paciente. Y aunque sus conductas son muchas veces molestas o dificultan la vida de la gente que forma parte de su entorno, es muy importante para su propia autoestima y superación dejar de estigmatizarlos. Que le traten de loco, que le dejen de querer por ello, que le aíslen por ello y le cataloguen como tal, deja al enfermo en una condición de soledad absoluta que no hace más que agravar su locura y los pensamientos negativos en torno a sí mismo. No hace falta tener demasiada empatía para darse cuenta de cómo sufre una persona con alguna enfermedad mental.  

Es hora de ser menos exigentes con nuestro cerebro y el de nuestros congéneres. Ya va siendo hora de que seamos realmente benevolentes y miremos con más humanidad  y menos exigencia a la gente que sufre algún trastorno mental, del grado que sea. Como lo hacemos con otras enfermedades. Porque es justo para ellos, porque mejoraríamos su estado, y porque es la mejor forma que tenemos de solidarizarnos con la realidad. Y es que no controlamos muchas veces, tantas veces, lo que ocurre en nuestro cerebro. Beneficia, además, y mucho, el amor que podamos ofrecerles y nuestra comprensión.

Gente que me interesa (entrevistas), Sensaciones

Ana María Matute

He tenido la suerte de entrevistar dos veces a Ana María Matute. Ha sido de las entrevistas más emocionantes que he realizado. Y las dos veces lo hice en compañía de mi amiga y compañera Raquel Garcia Ulldemolins, con quien viví y compartí toda la emoción de estar al lado de esta mujer tan mágica, inteligente; tan niña y frágil a la vez.

La primera entrevista fue hace 13 años. La última, hace apenas uno; sabiendo que sería la última. Aprovechándola al máximo, mirándola al máximo, escuchándola al máximo, admirándola al máximo, encontrando de nuevo a la niña Ana María Matute, no soltándola ni un minuto, tan conscientes de que sería la última vez.

Su muerte me ha dejado muy triste, y sé que Raquel también lo está. Las dos veces salimos de su casa impactadas por su sensibilidad, por su inteligencia, por su forma entrañable de ser y de sentarse a charlar con nosotras. Admiradas por su literatura, por cómo narraba cada respuesta. Por cómo nos contaba su vida, como en uno de sus cuentos, cuando recorría sus recuerdos de infancia. Tenía el don de transportarnos por la niña que fue y que todavía se manifestaba tan abiertamente en el último encuentro, pese a su vejez, a la lentitud de sus palabras y movimientos. Salíamos impregnadas de toda su magia, fascinadas.

Solicitamos a su hijo la última entrevista sabiendo que sería la última. Fue la última, Raquel, aunque costaba creer. ¡Qué afortunadas por la felicidad de estos ratos con ella, y qué huérfanas hoy!

Ana María Matute, en una foto que le hice junto a mi amiga Raquel Garcia Ulldemolins, compañera de entrevista y de las emociones que nos regalaba.
Ana María Matute, en una foto que le hice junto a mi amiga Raquel Garcia Ulldemolins, compañera de entrevista y de las emociones que nos regalaba.

Entrevista a Ana María Matute

Ana María Matute, de 87 años, con aires de la niña que fue pero sin abandonar la imagen de gran autora literaria ni el aplomo que confiera su inmensa obra literaria… Nos recibe en su casa y nos regala una mirada atenta y su predisposición a batallar cualquier pregunta. Como si fueran lo importante las preguntas y las respuestas en esta entrevista… Nos bastaba compartir un rato mágico con ella; sentirnos cerca de su esencia personal, de sentimientos y pensamientos, que dice, “tienen que ir a parar a algún lado seguro cuando todo acaba”. Como si no supiera que su esencia ya no puede acabar nunca porque está en todos sus cuentos y novelas.

Leer toda la entrevista en el Emotional magazine

sonia_matute
Foto de Raquel G. Ulldemolins.

Sensaciones

Lo bueno, si compartido, ¡dos veces bueno!

Mi amigo @hernaniL me ha regalado, en un gesto espontáneo, muy propio de su generosidad en Twitter, esta imagen. No sé quién es el autor para hacerle mención. Me gustaría decirle que la foto me encanta por todo lo que comunica. Porque para mí es el paradigma de una buena relación entre dos hermanos, o la imagen de dos amigos que se quieren desde el corazón.

Ésta es la relación entre mis dos hijos a la que aspiro. Porque, ¿hay algo más bonito que compartir algo bueno de esta forma; sin egoísmo, disfrutando al unísono, poniendo todos los sentidos, con una sonrisa que sale de saber que lo comparte contigo alguien que quieres y que quieres que esté ahí, saboréandolo a tu lado?

Me maravilla esta relación sana, de sentimientos auténticos, de corazones abiertos, tan propio de niños, por otro lado. Compartir, y saborear este compartir algo bueno, sin recelos, sin que te moleste el otro, sino todo lo contrario.

Gracias, @hernaniL. Como madre, seguiré persiguiendo esta relación entre mis hijos y con sus amigos más auténticos.

piruleta

Sensaciones

De leyes de las estrellas, pájaros y el viento

¡Ah, dejar de estar separado
sin división alguna
de las leyes de las estrellas!
¿Qué es lo interior,
sino un firmamento intensificado
surcado por miles de pájaros y profundo
con el viento que nos da la bienvenida?

Rainer María Rilke, en el libro ‘Vivir bien con el dolor y la enfermedad. Mindfulness para liberarte del sufrimiento’, publicado por Kairós, y que me ha encantado.

la foto (35)

Sensaciones

Niños sacados de su normalidad

Hoy es un día extraño, de sensaciones antiguas, de tristeza. La muerte tiene esta capacidad de transformar la normalidad en un día de atmósfera nublada, en el que hasta el olor que te llega es raro, ácido, terriblemente insoportable.

Se ha muerto el padre de una amiga de mi hija. Y he recordado cuando la muerte llega con toda su crudeza siendo niño, y te azota sin entender nada. Cuando la muerte te deja extraño y hace imposible tener un día como los de cada día. Cuando quieres ver la vida como siempre, y solo respiras este ambiente terriblemente triste.

Eres pequeño, y te gustaría que nadie te hubiera sacado de tu normalidad. Por eso te quedas instalada en ella como si no ocurriera nada. Aunque después todo sea extraño en el ambiente que se respira en la calle, porque nada puede cambiar que se te haya muerto el padre. Y en casa todo sea este drama y dolor, como el que se siente. Y pedirías si pudieras, por favor, que todo vuelva a la normalidad. Porque no sabes todavía hasta donde alcanza la ausencia del padre, aunque ya entiendes que es irreversible.

Por eso quieres salir a la calle. Y volver a la normalidad. Porque no entiendes porque de repente todo es extraño; porque huele a muerte la calle, y todo es gris en un día cualquiera de tu vida de niño. 

Y nadie tiene la capacidad de devolverte el ambiente normal de casa. No alcanzas todavía la dimensión de la muerte. Pero todo es muy extraño. La muerte es una injusticia todavía más grande en la vida de un niño. 

PS: Mi hija llora con el sentimiento heredado. Y pienso si en los genes, en lo que transmitimos, también está todo lo que sentimos, toda lo que hemos vivido, todos los sentimientos asociados a nuestra experiencia vital. Y no hace falta hablar con ella para entender que sí, que hoy sentimos igual.

Sensaciones

‘La felicidad a la vuelta de la esquina’ y su autor

Tuve la suerte de ser una de las primeras lectoras de La felicidad a la vuelta de la esquina. Un retorno a lo esencial. Era Pedro Martínez Ruíz en estado puro. Su libro tenía que ser así: sencillo e importante. Un retorno a lo esencial de la vida, explicado de forma clara para construir nuestra propia senda de la felicidad.

Pedro me ha ayudado a construir la mía con su inyección de optimismo, de confianza, de buen humor; cuando apenas ni me conocía. Haciendo realidad en parte mi sueño de esta revista. Apareció como por arte de magia… Alguien que de repente aparece para hacerte el regalo de creer en ti y en tu trabajo, y apostando por esta amistad. Así que, nada más real en este libro que su intención de ayudar a que cada uno cumpla su propio sueño, disfrutando mientras tanto de lo que tenemos, con una actitud de agradecimiento y evocando en prácticamente cada página el poder de una sonrisa, nada menos que de una sonrisa. Porque, ¿alguien se ha parado realmente a pensar en lo que equivale regalar una sonrisa?

Él, sí. Y tiene tan claro que regalar una sonrisa es uno de los mejores regalos que se le puede hacer a una persona cuando está abatida, cuando tiene miedo, cuando el camino se hace pesado, que creó una página web con el nombre Que la sonrisa te acompañe. Y cada día pone su granito de arena en forma de frases que invitan a levantar el ánimo, a creer en nosotros mismos y en el potencial de la vida. El poder de regalar una sonrisa está al alcance de todos… Y el efecto que produce en los demás es desde luego maravilloso. Es regalar un instante de felicidad.

“La felicidad a la vuelta de la esquina” para ofrecer su forma de entender la vida. Yo sé que Pedro Martínez Ruíz ha nacido optimista, y que igualmente lo trabaja y lo cultiva cada día, consciente de que la gasolina para ello es el placer de regalar… Es generoso como nadie se puede imaginar. El mayor ramo de flores que he recibido por sorpresa en uno de los mejores momentos de mi vida fue suyo. De esta forma consigue dibujar sonrisas en el corazón de los demás. Generando confianza en sus amigos y en la gente que le rodea y de la que se rodea.

Éste es un libro generoso. Nos regala su idea de la felicidad por si sirve como ejemplo. Pero no porque se considere especial (que para mí lo es). Pedro Martínez Ruíz es una persona que es especial precisamente por su sencillez, que un día decidió crear una página web y trasladar el contenido a redes sociales, y consiguió cien mil seguidores en Facebook sin más ayuda que la confianza. Y después decidió que iba a escribir un libro. Y me lo contó. Y me lo mandó casi enseguida, después de muchas horas de trabajo, eso sí. Porque sé de los fines de semana que estuvo escribiendo y del esfuerzo. Pero no dudó ni un momento de lo que estaba haciendo. Alguien le preguntó un día: ¿qué hacías cuando dudabas de que se fuera a publicar tu libro? Pedro contestó: ¿Dudar? Si hubiera dudado de esto no lo hubiera escrito, no hubiera perdido el tiempo escribiéndolo.

“La felicidad a la vuelta de la esquina” es un libro de fácil lectura, que entusiasma y emociona desde el primer minuto. Porque está contado con sinceridad y desde el corazón. Está escrito por alguien que ha disfrutado escribiéndolo; narrando su particular forma de ver la vida, de una manera simple, agradecida, desde la alegría de vivir. Un libro que contagia, por la forma segura que tiene de decirnos qué es lo esencial para ello: disfrutar del camino, cuidar nuestra autoestima, proporcionarnos altas dosis de de vitamina F (de felicidad), soñar y creer firmemente en nuestros sueños, siendo agradecidos con los demás y con lo que tenemos, saboreando el placer de regalar, cultivando la amistad…

Tener un amigo es un tesoro, dicen. Tener a Pedro Martínez Ruíz como amigo desde luego que lo es. En este libro nos regala un trocito de su forma de entender la vida. Vale mucho la pena saber cuál es su manera de sentir la vida, empaparse de ella, contagiarse de su alegría y sentirse reconfortado por esta la felicidad que está a la vuelta de la esquina.

Gracias, Pedro, por compartir tantas cosas conmigo.

la felicidad